Los Retazos de Ediciones PG

  • por

Abrimos la sección «Los Retazos de Ediciones PG» recogiendo parte de las publicaciones realizadas en las diferentes colecciones de nuestra editorial.

La iniciamos esta semana con parte del capitulo DIES IRAE de la novela EL CRIADERO  del Autor argentino GUSTAVO ABREVAYA, que forma parte de la colección «Sombras Oscuras»con el num. 3

 

El Criadero

DIES IRAE

Al amanecer, cosa razonable, cantó un gallo. El turno era hasta las doce, pero el gallo fue una experiencia casi mística y Álvaro abrió los ojos. Lo que vio le endulzó el despertar: los disfraces, pueblerinos, pero bien utilizados hasta la madrugada, ahora estaban desparramados por el suelo. Un vestido de princesa pobre pero honrada seguía durmiendo abrazado a una especie de calza roja con máscara del diablo incluida. Más allá estaba la cámara, que había dejado de grabar en algún momento, cuando ya dormían extenuados, la piel dulce y el abrazo apenas sostenido. La cama tenía olor a sexo fuerte. Sonrió.

Alicia no estaba.

Álvaro miró la hora y supuso que estaría en el baño. Cuando se dormía nuevamente alcanzó a notar que el espejo no se había transparentado.

A las diez menos cuarto sonó la chicharra. Levantó el teléfono y la manito de rata le anunció que terminaba el horario del desayuno. Agradeció, dijo que ya bajaban y colgó.

—Es hora de levantarse, mi princesa campesina —comunicó a su mujer, dormida a sus espaldas. Giró a su derecha.

Alicia no estaba.

El espejo del baño seguía opaco. Se levantó y buscó por el cuarto, desorientado, pensando que no había muchas posibilidades de encontrar nada especial dado que todo estaba a la vista. Faltaba la ropa de Alicia, entonces debió haber salido en algún momento después que había cantado el gallo, cuando estaba en el baño con el espejo sin transparentar. Fue al baño, encendió la luz y el espejo se transparentó. No entendía, supuso que habría bajado a desayunar. Levantó el teléfono y preguntó por su mujer. La voz de la manito de rata le informó que no la había visto, aunque la discreción siempre indicaba que era mejor no mirar demasiado, pero que el desayuno se servía en un bar a doscientos metros del lugar, podría ser que la señora estuviera allí. Los albergues transitorios nunca tienen comedor, señor, aclaró el hombre. Álvaro colgó, se metió en el baño y se duchó, sintiendo que del otro lado del espejo nadie lo estaba mirando. Se vistió rápido y bajó a desayunar. Alicia debía estar tomando café con pan y manteca y leyendo noticias del vecino en el diario local, aburrida y con ganas de irse a casa y terminar con ese viaje siniestro. Estuvo de acuerdo con ella, decidió que esto era lo primero que le iba a decir cuando la viera, esperemos que el Tolo ése sepa arreglar el auto y nos vamos a casa, ya estoy harto del desierto y las manitos de rata escondidas. Caminó los doscientos metros y llegó al barcito.

Alicia no estaba.

Se sintió extraño. ¿Qué estoy haciendo en este lugar, qué tengo que ver yo con esta gente? Me quiero ir a casa. Se sentó a una mesa y vino el mozo.

—Buenas —dijo el mozo—, viene de La Gaviota.

—Buen día, sí, acá tiene la llave. ¿Por casualidad no habrá visto una mujer de rulos negros y pantalones rojos? Usa sandalias y una remera que dice Alicia —preguntó. El mozo hizo una mueca, pareció pensar por un largo momento mientras Álvaro se preguntaba cuántas mujeres desconocidas de rulos negros y pantalones rojos podrían haber pasado por ese lugar, a esa hora, en ese pueblo de mierda. Una sola, concluyó, cuando el mozo dijo:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *