Los Retazos de Ediciones PG – El destino de las violetas

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Los Retazos de Ediciones PG.

Hoy presentamos parte de un capítulo de EL DESTINO DE LAS VIOLETAS, de GLORIA MARTÍN.

 

PRIMER NACIMIENTO.

Cuando Mariana García regresó a la alquería de Las Hurdes que la había visto nacer, tenía veintidós años y una barriga que el refajo que había llevado durante varios meses, ya a duras penas disimulaba.  Estaba a punto de parir, y lo hizo, al cabo de tres días, en la casa que había sido de su difunto abuelo paterno, Pedro, que ahora permanecía, como la mayoría, semi abandonada.  El alumbramiento, que se produjo de noche, a la hora de las brujas, fue terriblemente doloroso, porque la criatura, aunque diminuta, venía de nalgas. La encargada de asistir a la parturienta fue Milagros, una anciana que siempre se había dedicado a sus pócimas, sus encantamientos y lo mismo a traer niños al mundo que a impedir que vinieran, aunque ya hacía años que allí ni se paría ni se abortaba, porque las pocas mujeres que quedaban en la alquería habían sobrepasado  los cincuenta.  La mujeruca era decidida y habilidosa, e hizo lo que pudo, pero Mariana, exhausta, se desangraba sin remedio entre gemidos.  Cuando consiguió sacar a aquel pequeño sapo verdoso y resbaladizo del vientre de su madre, Milagros vio que era una niña y pensó que estaba muerta, pero no quiso darse por vencida;  la agarró  por los pies, la colgó cabeza abajo, y le dio tales azotes en el culo, que los lloros de la recién nacida se esparcieron por el valle como aullido de lobo. Quizás fueron aquellos azotes brutales los que provocaron, no sólo el llanto de la pequeña, sino una reacción de milagrosa rebeldía en su trasero, de forma que niña y culo crecieron cada uno a su aire; la niña poco y el culo mucho, algo que habría de forjar, en cierto modo, su destino.  Mariana apenas vivió lo suficiente para darle unos días de mamar a su hija. La partera era demasiado vieja para hacerse cargo de la huérfana, así que  fue una vecina soltera, Librada, la que la recogió, la bautizó sin cura, como Casilda,  y la acabó de criar con sopas de pan.

La hija de Mariana García creció en la más absoluta y digna pobreza, acompañada de una veintena de vecinos, casi todos mujeres, y de otros tantos animales. Su perro fue su hermano; Librada, su madre y Milagros, su abuela. Fue feliz en medio de un valle que podríamos confundir con el Paraíso, hasta que, a los once años, su vida empezó de cero, como si   un nuevo parto la lanzara al mundo. Éste fue su segundo nacimiento, aunque luego vendrían otros. Cada nacimiento la hizo entrar en un largo túnel, buscando la luz de salida, que, tras el último túnel, resultó ser la luz más oscura…

Te invitamos a seguir leyendo esta novela, num. 1 de nuestra colección «Siglo XXI» dedicada a la narrativa contemporánea.

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