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viernes, 25 enero 2019 / Publicado en Ediciones PG, Editorial 2019

Presentamos parte de un capítulo de PERDICIÓN. El Asesino de la Polaroid, de los escritores DANIEL L. HAWK y J.A. BECKETT.

Rebuscó en el interior de su bolsillo. Puso una fotografía en la vieja barra. Delante de mis párpados abiertos. Una joven rubia de ojos aguileños y sonrisa turbadora me miraba fijamente. 

– Sandra Donel. Dieciocho años. Estudiante ejemplar. Buena familia. Un mes sin noticias suyas. Desapareció una mañana cuando se dirigía a coger el autobús que lleva a la ciudad. No llegó a subirse. 

Le miré. Me miró. Nos miramos. No había palabras. Solo pensamientos. Cada cual los suyos. 

– No. 

Dije. 

– Hay una familia rota. Una vida y muchos interrogantes. 

– No llame a mi corazón. Ya sabe que no tengo. Lo perdí hace mucho tiempo. Alguien lo pisoteó. 

– Creo que serias de buena ayuda. Te conozco y podrías aportar mucho a esta investigación. 

– No puedo ayudarme ni a  mismo. No creo que pueda ayudar a nadie. 

– La última vez dio resultado. 

– La última vez era otro hombre. 

El sargento Lister se levantó del taburete. Apuró su copa. 

– Se lo dije teniente. Es un caso perdido. 

– Quizás tengas razón sargento. Todavía tenía fe en él. Por un momento creí que había algo ahí adentro. 

Golpeó con un dedo mi pecho. 

Me hizo daño. Sentí como atravesaba mi alma. Era un dardo envenenado. Una flecha endiablada a mi conciencia. 

– Ahí adentro ya no queda nada. Solo una noche negra. 

Se lo dije desde mi propio vacío. 

Porto se levantó. Me miró con cierto desprecio. Sacó unos billetes y los dejó encima de la barra. 

– Hoy invito yo.  

Tienes suficiente para llorar tus penas toda la noche. Quizás te ahogues en alcohol. Tienes todo el tiempo del mundo para pensar lo desgraciado que eres. Quizás un día te encuentren tirado en un callejón oscuro. Y espero que el primero en llegar sea yo. 

– Será mi mejor funeral. Nunca pensé que fuera tanta gente. Al menos  que irá usted. 

– Buenas noches Ábaco. Espero que puedas dormir. 

Se perdieron entre las sombras de aquel garito de mala muerte. James me llenó el vaso. Encendí un cigarro. Sonaba That’s Life del gran Frank Sinatra. Me dolía el alma y en aquel momento no sabía si era el efecto del dedo de Porto o de mi alma queriendo salir fuera de mí. 

Me di cuenta de que la fotografía seguía allí. La joven rubia de ojos felices me miraba. Nunca sabré si el teniente la olvidó o la dejó como carnaza para mis remordimientos. Era de noche. Dejó de llover. Me levanté de mi asiento y caminé hacia la puerta. Fuera el aire era frío y el agua hacía más oscura la ciudad. No sabía dónde ir. Estaba perdido. No había estrellas en el cielo. No había sueños en la tierra. Respiré hondo. Comencé a caminar. Daba igual donde fuera. No tenía donde ir. Metí la mano en el bolsillo de la gabardina. Sentí la suavidad de la fotografía. 

 No pude dejarla allí. Caminé sin rumbo buscando una salida hasta que no fui nadie, tan solo un mal recuerdo en la oscuridad. 

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